Una circunstancia inevitable

-a propósitos de los conflictos humanos en la comunidad con fines Espirituales-

Los idealismos y las idealizaciones son siempre nocivas; por el contrario: el sentido de realidad nos obliga a un empeño mayor en el uso de nuestra inteligencia y poder de razonamiento. Y en el Camino Espiritual contamos, además, con mayores medios para discernir situaciones; y sobre todo nos damos una plataforma de valores y principios que no evitan los conflictos humanos, y entre personas, pero que sí debieran dar a éstas una altura de visión mayor que permitiera: o resolución sabia o separación en paz.

Aún en los Caminos de la Fe la circunstancia inevitable ha sido el litigio y las contradicciones humanas que muchas veces arrasan con las bases de la coherencia, convirtiendo, por ejemplo, causas de paz en motivos de guerra, y razones de hermandad en irracionalidad de odios.

La historia está repleta de ejércitos que matan en el nombre de Dios, y guerras entre Hombres que debieron dedicar su existencia al amor y a la fraternidad.

Por lo general, quienes más fanatismo y sectarismo muestran en el seno de la causa religiosa, espiritual o de fe, suelen ser quienes más odian luego a su ex morada cuando surgen las contraposiciones y la separación.

 

No debiera existir animosidad, malas palabras, rumores, falacias, invenciones, y actos vulgares y nimios cuando tratamos asuntos de fe, de camino espiritual o religiosos. La congruencia llama y exige, aún en la diferencia y en el alejamiento, apego a la decencia, altura de argumentos, palabras responsables y animo de paz. Y en la crítica, aún severa: suficiente verdad y estructura de ideas nítidas que cuenten con pruebas o con razones de altura.

En todo conglomerado humano surgirá la desavenencia, las diferencias; y la disociación es un acto muchas veces sanador y conveniente. Pero por la verdad que por tiempo se ha declarado bajo la Fe y Lo Espiritual estamos obligados a no traicionar los valores y principios que declaramos, defendimos, proclamamos y hasta impusimos con cierta vehemencia.  Caer de esta tarima para recurrir a lo oscuro que reniega de toda luz anterior, puede decirnos o que nunca se tuvo la fe, la espiritualidad, la paz y la luz que se auto adjudicó…o bien si logró atisbos de bien y de espiritualidad, pero más pudo la odiosidad, la ira, el ego, la soberbia y el estado de litigio… y entonces lo bueno era débil y lo malo al final predominó. O quizás si tuvo alianzas serias con Dios, pero ante una derrota personal se recurre a las tinieblas y a sus métodos para culpar y tratar de dañar a quienes fueron sus hermanos y hermanas de fe, y ahora son el blanco de su rabia y frustración.

 

Lo sano, cuando surgen estas circunstancias inevitables entre seres humanos, es la distancia, la retirada, el silencio, permitiendo que el tiempo calme los ímpetus, y desde la prudencia de hoy permitir que mañana no tengamos razones para arrepentirnos.

Toda la sabiduría, en estos casos, es saber dónde y cuándo detenerse para no permitir que la sangre llegue al rio. Quien tiende demasiado la cuerda de su arco al final tendrá mucho que lamentar. Porque el único que se hace daño a sí mismo es aquel que odia y litiga…y por lo mismo siempre es aconsejable alejarse de los pendencieros y de quienes riegan la sospecha y la insidia con la palabra soez y el rumor.

Al final, quienes optan por la senda perniciosa duran poco en su cruzada, y quienes se mantienen unidos en sus propósitos de paz y de fe logran traspasar los años y perdurar en el tiempo.

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