Pecado: el punto de quiebre que hace la gran diferencia

Tampoco nosotros, Sacerdotes bajo la Ley de Cristo, estamos exentos de caer; y como todo conglomerado y congregación aunada por fe tenemos el gran desafío de no apostatar de los principios morales y de la doctrina que nos dan sustento e identidad.
Nuestra condición humana nos hace imperfectos, sí: pero discrepamos fuerte y firmemente en conceder al pecado la fuerza de ley inexorable e irremediable que justifica aberraciones acometidas en el tiempo y sostenidas por una malla de poder que asemeja- a los asociados en complicidad- a una cripta de maldad, y nunca a una comunidad del Dios de Amor y del maestro supremo de la Rectitud: JesúsCristo.
Porque ‘pecado’ no es una condición, sino una caída que si fuese inconsciente o involuntaria puede ser remediada con la asunción honesta de sus causas, con el arrepentimiento de fondo, y el perdón con propósitos serios de ‘no volver a caer’; y si es consciente y voluntaria: cabe el mismo proceso, pero en tal caso debe hallarse las otras fuentes del mal: la ira, la soberbia, la altanería, la posesión y el uso del poder, la ambición, la vanidad, la rebelión ante la ley de Dios, la apostasía de la fe, y la traición a los principios y a la doctrina de fe.

Porque ‘pecado’ no es un simple error, y tampoco es pecado un yerro constante y sistemático en el tiempo: eso corresponde a la condición humana en este tipo de Mundo; es opción o puede tratarse de acervo cultural y de costumbres jamás discernidas; es comportamiento consciente y también puede ser actitud inconsciente; es criterio de voluntad, o es descriterio por carencia de voluntad; puede ser puro instinto con falta de inteligencia, o pudiera ser inteligencia usada para oscuros propósitos: y corresponde al resultado que arroja el juicio básico- y opcional -entre el Bien y el Mal.

Bien sabe todo buen consagrado en Cristo que el pecado, – en su esencia espiritual y de fe-, es una trasgresión a la ley de Dios, un incumplimiento sistemático a los votos, convenios, promesas, sellos y sacramentos recibidos o asumidos bajo juramento espiritual o acto de fe que ciñe -al que se juramenta o establece convenio o acuerdo con Dios- a un Orden estricto emanado de Lo Alto, y, esta vez, y para nosotros, de nuestro Salvador y Señor: JesúsCristo.

Hay pecado si hay declaración de fe ante Dios y se establecen acuerdos, convenios, promesas y juramentos de algún tipo que abre una ‘relación personal’ entre el Hombre y su alta Divinidad…y si tales declaraciones de fe, peticiones, promesas, convenios, sellos y sacramentos son traicionados, adulterados, irrespetados y apostatados.

 

No nacemos en pecado, sino que nos hacemos al pecado; y Cristo es superior al pecado, y por lo mismo: colocar al pecado cuan referencia de excusa y escudo para justificar la caída de la Ley de Salvación que insta y dirige Nuestro Dios Vivo: es lisa y llanamente apostasía, y peor derrumbe aún, y más grave desplome, que la gravísima anomalía constatada.

Reconocer que se ha pecado, para un Cristico significa una declaración de grave culpabilidad, y jamás podrá constituirse con esto un subterfugio que justifique la maldad profunda que subyace en la más abyecta oscuridad del humano que impele a un crimen atroz como es abusar y violar a un infante, y destrozar a sus familias.

Porque el pecado es la concesión al Mal y la anuencia deliberada a los infiernos: y su aceptación en un plano de pretendida normalidad- confusa y entrelazada mañosamente con la imperfección del Hombre– es una falacia y manipulación que solo llevan a cabo los Hijos del Mal. Y normalizar el pecado en una persona consagrada es un escándalo aún mayúsculo.

 


 

Extracto de carta del Prelado de la Iglesia católica a los obispos de la institución religiosa en Chile

“Duele constatar que, en este último periodo de la historia de la Iglesia chilena, esta inspiración profética perdió fuerza para dar lugar a lo que podríamos denominar una transformación en su centro. No sé qué fue primero, si la pérdida de fuerza profética dio lugar al cambio de centro o el cambio de centro llevó a la pérdida de la profecía que era tan característica en Ustedes. Lo que sí podemos observar es que la Iglesia que era llamada a señalar a Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14,6) se volvió ella misma el centro de atención. Dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma. Concentró en sí la atención y perdió la memoria de su origen y misión (11). Se ensimismó de tal forma que las consecuencias de todo este proceso tuvieron un precio muy elevado: su pecado se volvió el centro de atención. La dolorosa y vergonzosa constatación de abusos sexuales a menores, de abusos de poder y de conciencia por parte de ministros de la Iglesia, así como la forma en que estas situaciones han sido abordadas (12), deja en evidencia este “cambio de centro eclesial”. Lejos de disminuir ella para que apareciesen los signos del Resucitado el pecado eclesial ocupó todo el escenario concentrando en sí la atención y las miradas”.

“Es urgente abordar y buscar reparar en el corto, mediano y largo plazo este escándalo para restablecer la justicia y la comunión (13). A su vez creo que, con la misma urgencia, debemos trabajar en otro nivel para discernir cómo generar nuevas dinámicas eclesiales en consonancia con el Evangelio y que nos ayuden a ser mejores discípulos misioneros capaces de recuperar la profecía”.

“Esa vida nueva que el Señor nos dona implica recuperar la claridad del Bautista y afirmar sin ambigüedad que el discípulo no es ni será jamás el Mesías.  Esto nos lleva a promover una alegre y realista conciencia de nosotros mismos: el discípulo no es más que su Señor. Y por esto mismo, en primer lugar, tenemos que estar atentos a todo tipo o forma de mesianismo que pretenda erguirse como único intérprete de la voluntad de Dios. Muchas veces podemos caer en la tentación de una vivencia eclesial de la autoridad que pretende suplantar las distintas instancias de comunión y participación, o lo que es peor, suplantar la conciencia de los fieles olvidando la enseñanza conciliar que nos recuerda que “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (14). Es clave recuperar una dinámica eclesial capaz de ayudar a los discípulos a discernir el sueño de Dios para sus vidas, sin pretender suplantarlos en tal búsqueda. En los hechos, los falsos mesianismos pretenden cancelar esa elocuente verdad de que la unción del Santo la tiene la totalidad de los fieles (15). Nunca un individuo o un grupo ilustrado puede pretender ser la totalidad del Pueblo de Dios y menos aún creerse la voz auténtica de su interpretación. En este sentido debemos prestar atención a lo que me permito llamar “psicología de elite” que puede traslaparse en nuestra manera de abordar las cuestiones”.

“La psicología de elite o elitista termina generando dinámicas de división, separación, „círculos cerrados´ que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias en las que, en lugar de evangelizar, lo importante es sentirse especial, diferente de los demás, dejando así en evidencia que ni Jesucristo ni los otros interesan verdaderamente (16). Mesianismo, elitismos, clericalismos, son todos sinónimos de perversión en el ser eclesial; y también sinónimo de perversión es la pérdida de la sana conciencia de sabernos pertenecientes al santo Pueblo fiel de Dios que nos precede y que –gracias a Dios- nos sucederá. No perdamos jamás la conciencia de ese don tan excelso que es nuestro bautismo”.

 

“El reconocimiento sincero, orante e incluso de muchas veces dolorido de nuestros límites es lo que permite a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que le deja espacio para provocar ese bien posible que se integra en una dinámica sincera, comunitaria, y de real crecimiento (17). Esta conciencia de límite y de la parcialidad que ocupamos dentro del pueblo de Dios nos salva de la tentación y pretensión de querer ocupar todos los espacios, y especialmente un lugar que no nos corresponde: el del Señor. Solo Dios es capaz de la totalidad, sólo Él es capaz de la totalidad de un amor exclusivo y no excluyente al mismo tiempo. Nuestra misión es y será siempre misión compartida. Como les dije en el encuentro con el clero en Santiago: “la conciencia de tener llagas nos libera de volvernos auto referenciales, de creernos superiores. Nos libera de esa tendencia prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus fuerzas y se sienten superiores a otros” (18)”.

“Por ello, y permítanme la insistencia, urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial evitando cualquier tipo de mesianismo o psicología-espiritualidad de elite. Y, en concreto, por ejemplo, nos hará bien abrirnos más y trabajar conjuntamente con distintas instancias de la sociedad civil para promover una cultura anti-abusos del tipo que fuera”.

“Cuando los convoqué a este encuentro los invitaba a pedir al Espíritu el don de la magnanimidad para poder traducir en hechos concretos lo que reflexionemos. Los exhorto a que pidamos con insistencia este don por el bien de la Iglesia en Chile. Recibí con cierta preocupación la actitud con la que algunos de Ustedes, Obispos, han reaccionado ante los acontecimientos presentes y pasados. Una actitud orientada hacia lo que podemos denominar el “episodio Jonás” – en medio de la tormenta era necesario tirar fuera el problema (Jonás 1,4 – 16) (19) – creyendo que la sola remoción de personas solucionaría de por sí los problemas (20). Así pasa al olvido el principio paulino: “si el pie dijera: „Como no soy mano, no formo parte del cuerpo‟, ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él?” (21). Los problemas que hoy se viven dentro de la comunidad eclesial no se solucionan solamente abordando los casos concretos y reduciéndolos a remoción de personas (22); esto –y lo digo claramente- hay que hacerlo, pero no es suficiente, hay que ir más allá. Sería irresponsable de nuestra parte no ahondar en buscar las raíces y las estructuras que permitieron que estos acontecimientos concretos se sucedieran y perpetuasen. Las dolorosas situaciones acontecidas son indicadores de que algo en el cuerpo eclesial está mal. Debemos abordar los casos concretos y a su vez, con la misma intensidad, ir más hondo para descubrir las dinámicas que hicieron posible que tales actitudes y males pudiesen ocurrir (24).  Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro. Sería grave omisión de nuestra parte no ahondar en las raíces. Es más, creer que sólo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo es una gran falacia. No hay duda que ayudaría y es necesario hacerlo, pero repito, no alcanza (25), ya que este pensamiento nos dispersaría de la responsabilidad y la participación que nos corresponde dentro del cuerpo eclesial. Y allí donde la responsabilidad no es asumida y compartida, el culpable de lo que no funciona o está mal siempre es el otro (26). Por favor, cuidémonos de la tentación de querer salvarnos a nosotros mismos, salvar nuestra reputación (“salvar el pellejo”); que podamos confesar comunitariamente la debilidad y así poder encontrar juntos respuestas humildes, concretas y en comunión con todo el Pueblo de Dios. La gravedad de los sucesos no nos permite volvernos expertos cazadores de “chivos expiatorios”. Todo esto nos exige seriedad y corresponsabilidad para asumir los problemas como síntomas de un todo eclesial que somos invitados a analizar y también nos pide buscar todas las mediaciones necesarias para que nunca más vuelvan a perpetuarse. Sólo podemos lograrlo si lo asumimos como un problema de todos y no como el problema que viven algunos. Solo podremos solucionarlo si lo asumimos colegialmente, en comunión en sinodalidad”.

“Hermanos, no estamos aquí porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aquí con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegría. Queremos ser pastores al estilo de Jesús herido, muerto y resucitado. Queremos encontrar en las heridas de nuestro pueblo los signos de la Resurrección. Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, enfermo, en el abusado… (Mt. 25,35) con la conciencia de que ellos tienen la dignidad para sentarse a nuestra mesa, de sentirse “en casa”, entre nosotros, de ser considerados familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación (27). Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir.  Renovar la profecía es volver a concentrarnos en lo importante; es contemplar al que traspasaron y escuchar “no está aquí ha resucitado” (Mt. 28,6); es crear las condiciones y las dinámicas eclesiales para que cada persona en la situación que se encuentre pueda descubrir al que vive y nos espera en Galilea”.


 

(11) “Tu fama de extendió entre las naciones, porque tu belleza era perfecta gracias al esplendor con que yo te había adornado –oráculo del Señor-. Pero tú te preciaste de tu hermosura y te aprovechaste de tu fama”. Ez. 16,14-15b.

(12) Es sintomático notar en el informe presentado por la “Misión especial” que todos los declarantes, incluso los miembros del Consejo Nacional para la Prevención del Abuso de Menores de Edad y Acompañamiento de las Víctimas, han señalado la insuficiente atención pastoral prestada hasta el momento a todos los que se han visto envueltos, de un modo u otro, en una causa canónica de delicta graviora.

(13) Cfr. Carta a los señores Obispos de Chile tras el informe de S.E. Mons. Charles J. Scicluna, 8 de abril de 2018.

(14) CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, 16.

(15) Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen Getium, 12.

(16) Cfr. Evangelii Gaudium, 94 (17) Cfr. Gaudete et Exsultate, 52.

(17) Cfr. Gaudete et Exsultate, 52

(18) Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Santiago de Chile, 16 de enero de 2018.

(19) El mismo Jonás se hace cargo de que la tormenta fue provocada por no asumir la misión que le correspondía y que para liberarse de ella debían tirarlo al mar. vv 12: “levántenme y arrójenme al mar y el mar se les calmará. Yo sé muy bien que por mi culpa les ha sobrevenido esta gran tempestad”.

(20) “Muerto el perro se acabó la rabia”. Igualmente se podría hablar del “síndrome Caifás”: conviene que un solo hombre muera por el pueblo.

(21) 1 Cor. 12, 12.

(22) Porque no se trata solamente de un caso en particular. Son numerosas las situaciones de abuso de poder, de autoridad; de abuso sexual. Y eso incluye el tratamiento que hasta ahora se ha venido teniendo de los mismos.

(23) A modo de ejemplo, en el informe presentado por la “Misión especial” muchos de los entrevistados en Sotero Sanz sostienen que parte de la fractura profunda en la comunión eclesial se arrastraría en el clero desde el mismo Seminario, viciando lo que deberían ser las relaciones fraternas presbiterales y haciendo partícipe a los fieles de estas divisiones y fracturas, que termina por dañar irremediablemente la credibilidad social y el liderazgo eclesial de los presbíteros y de los obispos.

(24) En el informe de la “Misión especial” mis enviados han podido confirmar que algunos religiosos expulsados de su orden a causa de la inmoralidad de su conducta y tras haberse minimizado la absoluta gravedad de sus hechos delictivos atribuyéndolos a simple debilidad o falta moral, habrían sido acogidos en otras diócesis e incluso, en modo más que imprudente, se les habrían confiado cargos diocesanos o parroquiales que implican un contacto cotidiano y directo con menores de edad.

(25) Nuevamente, en ese sentido, me gustaría detenerme en tres situaciones que se desprenden del informe de la “Misión especial”:  1. La investigación demuestra que existen graves defectos en el modo de gestionar los casos de delicta graviora que corroboran algunos datos preocupantes que comenzaron a saberse en algunos Dicasterios romanos. Especialmente en el modo de recibir las denuncias o notitiae crimini, pues en no pocos casos han sido calificados muy superficialmente como inverosímiles, lo que eran graves indicios de un efectivo delito. Durante la Visita se ha constado también la existencia de presuntos delitos investigados solo a destiempo o incluso nunca investidos, con el consiguiente escandalo para los denunciantes y para todos aquellos que conocían las presuntas víctimas, familias, amigos, comunidades parroquiales. En otros casos, se ha constado la existencia de gravísimas negligencias en la protección de los niños/as y de los niños/as vulnerables por parte de los Obispos y Superiores religiosos, los cuales tienen una especial responsabilidad en la tarea de proteger al pueblo de Dios.  2. Otra circunstancia análoga que me ha causado perplejidad y vergüenza ha sido la lectura de las declaraciones que certifican presiones ejercidas sobre aquellos que debían llevar adelante la instrucción de los procesos penales o incluso la destrucción de documentos comprometedores por parte de encargados de archivos eclesiásticos, evidenciando así una absoluta falta de respeto por el procedimiento canónico y, más aún, unas prácticas reprobables que deberán ser evitadas en el futuro.  3. En la misma línea y para poder corroborar que el problema no pertenece a solo un grupo de personas, en el caso de muchos abusadores se detectaron ya graves problemas en ellos en su etapa de formación en el seminario o noviciado. De hecho, constan en las actas de la “Misión especial” graves acusaciones contra algunos Obispos o Superiores que habrían confiado dichas instituciones educativas a sacerdotes sospechosos de homosexualidad activa.

(26) Eco de esa actitud paradigmática que nos recuerda Gn.3,11-13: “Acaso has comido del árbol que yo te prohibí”. El hombre respondió: “La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él”. El Señor Dios dijo a la mujer: “Cómo hiciste semejante cosa”. La mujer respondió: “La serpiente me sedujo y respondí”. En criollo nos recuerda la actitud del niño que mira a sus padres y dice: “Yo no fui”

REVISA AQUÍ LA CARTA COMPLETA Y REPORTAJE DE TELE13

 

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