Para Misionar en Nombre de Cristo

No he encontrado mayor desafío y prueba en este camino, que el desprendernos de nuestra “mentalidad”… de lo que hemos atesorado a través de nuestra vida, lo que nos ha proporcionado la idea de “seguridad”.

En nuestra mentalidad están arraigados por ende nuestros miedos a perder y prejuicios, “la propia idea de…” y nuestra concepción de la vida producto de las influencias recibidas, en definitiva aquí están las trampas para el consagrado, para la manifestación plena del ser espiritual que nace para gobernar el que siempre nos ha habitado en silencio.

¿Cuanto de nosotros debe morir para dar paso a lo nuevo?, ¿cuanto de nuestras ideas viejas aún atesoramos en el fondo de nuestros corazones?… esa es la gran pregunta.

Quizá si esta Dispensación se hubiera dejado en manos de Hombres… como una prueba a la capacidad de conducción de los Hombres… entonces no sería tan importante el como ir a entregar lo que se entiende de lo recibido… “total sólo somos Hombres”. Pero como esta Dispensación no depende de Hombres, y responde a un Plan Superior donde su Mayordomo Mayor es JesúsCristo en persona y presente a cada instante. Entonces no da lo mismo quien se declare Agente de esta Dispensación, no da lo mismo el estado espiritual de los Agentes Misioneros. Definitivamente un misionero no puede estar condicionado a prejuicios ni ideas personales sobre lo que quiere Cristo de sus Agentes… porque nada de esto nos pertenece, nuestra única pertenencia está en la relación y unión con el creador y su Reino.

Él nos ha ofrecido los misterios de la vida y la muerte, los misterios del Reino, los que ningún hombre común comprenderá ni vivirá nunca, porque estos son los tesoros que no se pueden entregar a intereses particulares.

Para llevar a otros los misterios de la vida y muerte, es necesario pasar por la muerte y vivenciar la vida en Cristo, la vida que él nos ofrece para este tiempo, entonces si podremos hablar de lo que conocemos. Por ésta promesa debemos estar dispuestos a poner nuestros pies en el camino que nos llevará a las almas que esperan, para esto es que debemos consolidar nuestra relación personal con él y confiar plenamente en nuestro conductor, confiar en que al “morir” a todo lo que fuimos, el nos recibirá y nos formará en lo nuevo, entregándonos sus claves y misterios, el mayor tesoro que un Hombre puede obtener. El amor de Cristo se descubre en el remecimiento íntimo, cuando nos derriba toda estructura y nos acoge como un verdadero maestro a su discípulo, vivenciando en carne propia ser remecidos como hijos del mismo Padre y hermanos de su probado Hijo Dios.

Este es el gran desafío de todo consagrado que se ha propuesto llevar la buena nueva para este tiempo y las claves de la consagración a otras almas que esperan ser liberadas, tomando el nombre de Cristo sobre si.

Propuesto Misionero Cpo. Consagrados Bajo Sacramento

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