Enseñanza: ¡No vaya a suceder que…!

«Una misión te daré»- dijo la voz de Dios al monje– «que cada viernes lleves hasta la choza de mi hijo Zacarías, quien yace postrado, una de estas imágenes que ahora te entrego. No faltes ningún viernes, y no pierdas ni una de estas estampitas»

Entonces el monje estaba feliz porque Dios le había hablado. «Pintaré la casa, arreglaré el grifo, afirmaré la puerta que chilla, limpiaré el cortil y plantaré flores en la entrada» Rebosaba de energía y se puso mano a la obra.

Ya era casi de noche, y en medio del ajetreo cayó en cuenta que era viernes, y tal como estaba salió a la carrera con la imagen para el hermano anciano que se encontraba enfermo. «Gracias hermano, ya creí que no venía Ud.» Y jadeando el joven se sentó un momento al lado del lecho de Zacarías y con sorpresa comprobó que el altar del viejo habían decenas de estampitas iguales a las que él llevó. Salió anonadado y pensativo de la humilde casita.

La pared quedó a medio pintar, el jardín a medio plantar y nuevamente el pequeño zaguán se fue llenando de desperdicios. El monje meditaba más que antes y retomó sus duros ejercicios; salía al pueblo a ejercer la compasión y servía a los necesitados… así lo imponía la regla de su orden monástica, porque de tal manera accedía a las puertas del Cielo. Cada viernes iba a cumplir con su incomprensible tarea, y siempre más lo hacía sin ganas y menos convencido: el anciano ahora tenía su altar repleto de las mismas imágenes que él llevaba. Hasta que un viernes decidió quedarse cuidando una anciana invalida, orando con ella y consolándola: «mañana voy donde el viejo Zacarías, tanto él me necesita menos que esta anciana, y ya tiene muchas imágenes a su disposición»

Al día siguiente en la tarde, mientras se acercaba a la aislada choza del anciano, vio que un grupo de monjes elevaba oraciones y encendía incienso en la puerta «¿Qué sucede aquí? –demandó el joven- «Zacarías ha muerto y ya lo hemos incinerado, ahora hacemos alabanzas para acompañarlo en su viaje a los Cielos ¿quieres orar con nosotros?»

El monje corrió espantado al bosque, y a los pies de una árbol gigante se echó a llorar.

«¿Qué has hecho» – dijo la voz de Dios- «Yo nada, Señor… cumplo con las reglas para ser un buen hijo de Dios» – «Pero no entregaste la imagen que te di como tarea»- «Bueno, sólo un día me atrasé, y él tenía tantas que no hallé razón para postergar un día la entrega… además, Señor, no entendía lo que hacía, y cada vez menos me convencía mi misión… dejé mis cosas a medias por dedicación a mi consagración como lo dicta la enseñanza…» – «Lo sé. Te conozco. Como conozco bien a mi hijo Zacarías, y con él llegué a un acuerdo en las puertas de su muerte; le dije que ya era su hora de venir a mi lado, y él alegó: ‘Señor, déjame salvar al último hombre sobre esta Tierra, sólo una más, Padre’ Y tanta devoción vi en este santo que concedí una misión más antes de su muerte, y acordé: hay un joven monje que por entusiasmo no se queda, y aplica la ley de la enseñanza en manera estricta, pero su humildad y obediencia, y su fe real, aún no se ha manifestado en él. Él vendrá cada viernes con esta imagen que ahora pongo en tu altar: el día que falte tú morirás y él no habrá pasado su prueba de fe. Si cumple te concederé lo que me pidas y el joven será elevado en su consagración».

El monje no salía de su espanto y confusión. «¿Dónde he fallado, Señor?» preguntó balbuceante y temeroso.

«Verás, puedes vencer muchos obstáculos en el mundo, pero las vallas mayores viven en ti: el pequeño dios-ego sopla la tentación de medir lo de Dios según su ínfimo valor… y tú caíste en sus redes. El pequeño dios del ánimo llena tu cuerpo de deseos y fuerza, como una porción de hierbas alucinógenas, y al juntarse con el pequeño dios-ego hacen que te esfuerces en tareas que nunca hiciste y difícilmente terminarás, porque ese dios caprichoso agota y causa desazón. La mente entonces se ordena según reglas que sostienen tu acción para esconder la duda, y la duda crece sin que la asumas entre tanto buen hacer y excelente cumplimiento del deber. Entonces comienza el litigio con los modos de Dios: ¿para qué…?, ¿Por qué debe ser así?, ¿qué sentido tiene…?, ¿puede ser de otro modo, otro día, en otra hora?, ¿no es lo mismo así y no como Dios ordena… qué diferencia hace?, ¿acaso lo importante es copiar la orden tal cual, o al fin de cuentas llevarla a cabo… qué importa la forma?, ¿para qué una estampita más si ya tiene tantas?, ¡debo cumplir con la regla y mi deber!, ¿así Dios ordenó que abriéramos las puertas del Cielo, verdad?. Entonces comienza el rebelde a hacer como le parece, y  toma para sí el mandato de su Dios»

«¡¿Y  ahora qué haré!? Exclamó el acongojado monje. «Acogeré la súplica de Zacarías»- respondió Dios– tendré misericordia con tu terquedad y te daré una nueva oportunidad… pero haré a mi modo… porque Yo Soy Dios: aquí tienes  360 estampas para que cada sábado la entregues a un anciano enfermo; si dejas de hacerlo serás expulsado de Mi Lado; y si lo llevas a cabo hasta la última, morirás ese misma sábado y entrarás a la Nueva Casa de Zacarías para servirle por un eón».

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